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lunes, 1 de marzo de 2010

Terremoto en Chile.

Supe sin dudar que no era un simple temblor. Soñaba en ese momento con un sonido sordo e inquietante, mi madre me miraba con extrañeza. De pronto una voz masculina dijo con firmeza: "Demasiado rato. ¡ Despiertate !". Abrí los ojos y me levanté de un salto, al tiempo que le decía a Jose Manuel "¡ Amor, terremoto !". Salimos semi desnudos al pasillo, en ese momento se cortó la luz y Jose buscó su linterna. En segundos estábamos bajo el dintel de la puerta del patio. Él me abrazaba por la espalda, yo me aferraba al marco de la puerta que se movía entre mis manos como si fuera de goma. Los parlantes del equipo de música caían estruendosamente de la repisa, y solo atendíamos al sonido de las cosas cayendo en el taller, el tintineo de la casa entera, el murmullo sordo de la tierra. A un lado, el patio con el árbol enloquecido pero firmemente arraigado; al otro, la casa a oscuras. ¿Cuanto durará? Ya debe estar por pasar, ya va a pasar, ya va a pasar.

Y pasó. Las piernas me temblaban, le pasé una polera al Jose, y yo me terminé de vestir. Tome mi teléfono celular que tiene una pequeña linterna, mientras él se comunicaba con sus papás. Eran las 3:35 de la madrugada. Las lineas de red fija funcionaban más o menos bien, las de celular no. Mientras Jose Manuel revisaba los daños en el taller yo trataba de llamar a mi madre. No contestaban. Comencé a desesperarme. Oí que Jose me decía que el techo en el taller estaba por venirse abajo. Golpearon la puerta, era uno de los alumnos del Jose, con su novia. Venían asustados, pero tranquilos. Yo seguía llamando a mi mamá, y comencé a sentir náuseas. Se escuchaban sirenas y alarmas y logramos sintonizar una radio por el celular del Jose. Decían que había que juntar agua y no salir a la calle, pero yo necesitaba saber que había pasado en casa de mi vieja. Decidí ir para allá, así que agarré toda la plata que tenía, mi teléfono y mi chaqueta, Jose Manuel no soltó su linterna, agarró sus cosas y salimos. En el camino vimos a la gente en la calle, en las puertas de sus casas, una cantidad de autos similar a la de una mañana laboral cualquiera. No parecía que hubiese pasado nada grave, había algunos escombros, carteles de tiendas caídos, mucha gente tratando de hablar por teléfono pero nadie desesperado. De pronto vimos el auto de mis viejos yendo en dirección a casa de Jose Manuel. Gritamos y corrimos, pararon en una esquina y pudimos alcanzarlos. Dieron la media vuelta y nos encontramos. Mi mamá me abrazó, no tenían línea en casa y habían decidido lo mismo que nosotros. Nos subimos a la camioneta y nos fuimos con ellos. En la casa se había roto el parrón y el escritorio de Luis Felipe se había dado vuelta por completo. Habían caído los libros de la estantería de su habitación y en mi cuarto las cosas se habían corrido hacia el centro. Nada más. Eso fue todo, no pasó nada. Ridículamente creí que no había sido grave, no pensé que el epicentro hubiese sido en otro lugar, no pensé que el mar se hubiese enfurecido, no pensé que todo el país no había corrido la misma suerte.

Cuando volvió la luz encendimos la tele. La presidenta hablaba desde la oficina nacional de emergencias: El sur estaba devastado. Hoy, dos dias después hay confirmados 711 muertos.

Sufrimos un terremoto grado 8.8 Richter y un tsunami, Peyuhue desapareció del mapa, la isla Juan Fernández quedó desecha al igual que Iloca, se cortaron las carreteras principales, se cayeron los puentes sobre los ríos, se desmoronó un edificio nuevo de 15 pisos y muchas casas antiguas de adobe. En Talca hay 3 hospitales de campaña, y otros cuantos en otras ciudades, se cortó el suministro de agua y se produjeron saqueos y asaltos. En 3 minutos algunas personas perdieron lo que les había costado una vida conseguir.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Charlotte.

Charlotte fue la protagonista de algunos de mis cuentos de adolescente, mi compañera en momentos de tristeza, mi amiga a la que tanto me gustaba acariciar. Le decíamos "La Gata Sanadora" porque se acercaba a masajear la zona adolorida cuando estábamos enfermos, fuera de salud o de pena.

Gran cazadora de palomas, lagartijas y una caturra, madre celosa de tres camadas, amante de la sombra de los árboles y las briznas de pasto de nuestro jardín. La señorita más educada del salón, la unica mascota conquistadora del amor de mi hermano Mauricio.

Testigo de los carretes en mi cuarto azul de la época del colegio, a los que llegaba con toda la calma del mundo como una partícipe más. Sigilosa al punto de abrir la boca sin emitir maullido alguno, dulce en su voz cuando por fín decidía alzarla.

Lectora incansable de los libros que disfrutábamos metidos en la cama durante los días de invierno.



Jamás escatimó en arrumacos, pero elegía con total soberanía la habitación en la que dormiría cada noche. Carabina inflexible de algún novio que me visitó en ausencia de mis padres, intérprete perfecta del "español-gatuno, gatuno-español".

Llegó a casa por opción propia, cuando aún era una cachorra. Y no solo se quedó, sino que se mudó 3 veces junto a la familia, tomándose religiosamente su primer día en cada casa nueva para conocer los techos (y a los vecinos) de su recién estrenada residencia.

Así la vimos crecer, pasar por el trance de la esterilización con liposucción incluída, empezar a perder los dientes (pero jamás la jovialidad) engordar y volverse una Señora Gata, juguetear y remolonear a piacere, y envejecer de pronto, como envejece una flor que un dia deja de ser regada.

Siempre fue saludable, pero enfermó de una semana a otra hace un par de meses. Dejó de comer y comenzó a despedirse. Como una vieja camarada con la que has compartido tus más íntimos secretos, se dejaba acariciar en su zona más enferma. Estrujó su dominio sobre el jardín y los sillones hasta el último momento en que una noche, mientras dormía, dejó de respirar.

Aún al levantarnos creemos ver su figura apareciendo sigilosa en la puerta de la cocina, pidiendo su desayuno como era su costumbre.

Adios amigaza preciosa. Que un mullido sillón en medio del jardín más frondoso te espere por esos lados que conoces ahora.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Er lengüage i zú heboluzione...

Lo prometido es deuda, y como ya anticipamos en nuestra Fe de Etarras, hay que dedicarle unas líneas a la evolución a veces involutiva de nuestro adorado idioma y su forma de expresarlo: nuestro lenguaje.

Resulta paradójico para una purista de la gramática conceder que, sin las "aberraciones" que se van cometiendo en el hablar y el escribir, el lenguaje no evolucionaría. Pero tengo argumentos y ejemplos que pueden venir en la defensa de esa concesión. No sé si son buenos argumentos, pero intentémoslo... en esto de la flexibilidad a veces hay que hacer un esfuerzo.

Es cosa bien sabida que en la antigüedad se escribía y hablaba bien distinto a como hoy lo hacemos, y sin embargo, que se hayan omitido y convertido ciertas reglas sintácticas, nos parece algo normal y facilitador para el uso gramatical cotidiano. Sin embargo, nos escandalizamos cuando vemos faltas de ortografía, escuchamos malas pronunciaciones, términos "mal utilizados" o "inexistentes" y la utilización de lunfardos nuevos como el que ha impuesto la moda del chat.

Debo ser franca: me entristece e irrita la falta de vocabulario con la que hablan no sólo los chicos que aún están en el colegio, sino muchísima gente de mi generación y mayores que yo, y que no necesariamente estuvieron faltos de formación escolar. Me sorprende que haya personas adultas que no sepan expresarse sin muletillas, o que carezcan de sinónimos básicos, y me avergüenza que personas cercanas no sean capaces de leer un texto de corrido... aunque a decir verdad a veces los textos estan tan mal redactados, aunque aparezcan en medios de comunicación masivos, que es difícil interpretarlos, pero bueno...

Ese es mi lado, talvez, un poco fascista, de ese fascismo de las letras y no de las ideologías, y es contra ese lado que quiero plantear lo siguiente: ¿Por qué aceptamos que unos viejecitos roñosos nos dicten cómo debemos hablar y escribir? ¿Por qué los que tan revolucionarios nos hemos creído, los que hemos defendido la libertad de ideas y expresión, nos dejamos delimitar por lo que dice un grupo de señores que se hacen llamar "Reales Academicistas"? ¿Por qué ese grupo es "Real"? ¿Es que acaso la gente que no escribe ni lee bien es "Irreal"? ¿O es menos noble? ¿Quiénes son ellos para decirnos que término es correcto y cuál incorrecto? ¿Y quiénes somos nosotros para defender lo que ellos dictaminan?


Resulta que a un señor muy afamado, nacido en Colombia, premio nobel de literatura y que todos queremos muchísimo, se le ocurrió sugerir que ciertah letrah yah noh erah necesariah. Habló también sobre la inutilidad de la "G" en aquellas palabras en las que dicho vocablo suena como una "J", poniéndonos a los pobres mortales en la dificultad de recordar las ocasiones en las que debemos acompañarla de una "U" para que suene como la letra que es en realidad: una "G", de "GATO". Todo sería más fácil para todos si todas las letras se pronunciaran siempre y con el mismo sonido, vayan o no acompañadas de otra. Pero se encabritaron con él, y se pusieron colorados de ira. ¿Volver a escribir "JENERAL" como en el siglo XVI? ¿Quitarle la diéresis a la "U" para que nunca sea muda? ¿Que "GUITARRA" sea simplemente "GITARRA" sin que por ello se convierta en "JITARRA"? ¡¡¡ Nooooooooo, tamaña aberración no fue aceptada por La Realeza de los Académicos !!!

Pero hay algo que hacer notar: a este señor tan afamado no le aceptaron sus sugerencias, pero se le escuchó, no se dijo que él fuera un ignorante que no supiera escribir ni hablar, su opinión salió en los diarios y él sigue publicando libros y siendo muy querido por todos nosotros.

¿Pero qué pasa cuando alguien comete el error de decir algo de un modo "no aceptado" y no es autoridad en el tema para defender la legitimidad de su término "inventado"?
Tal es el caso de una ministra española (concedamos que en verdad es una cazurra de cuidado.) que se refirió a los miembros del género femenino de una institución como "miembras". ¡Pobre mujer! jamás se habría imaginado que la Real Academia no contemplaba la posibilidad de que las instituciones serias fueran, algún día, compuestas también por damas, y olvidara incluír el femenino de dicho nombre. ¿Quién es el imbécil en esta situación? ¿La cazurra ministra que no tiene idea de lenguaje o los mentalmente jurásicos Académicos de la Lengua?

Así también se les ocurrió a los brillantes señores, por ahí por el '98 o '99, adosarle al gentilicio "ANTOFAGASTINO" el sinónimo de "INDESEABLE". No recuerdo que hayan dado alguna explicación del porqué de dicha decisión, pero el revuelo fue tanto que terminaron por echar pie atrás. Y esos iluminados señores son los que nos dicen cómo debemos escribir, hablar y leer.

Camilo José Cela contaba una anécdota preciosa sobre lo aburridos que son estos vejetes tan cultos y con tanta cátedra. Él fue aceptado por el hermético círculo, al igual que Don Fernando Fernán Gómez, otro letrado de alcurnia que también se aburría muchísimo en las sesiones de la RAE. Don Camilo relataba una de estas reuniones contando cómo se estaba quedando dormido mientras se debatía sobre quién sabe qué pajas semánticas. Al darse cuenta, quien presidía la sesión, de los cabeceos de Cela, le increpó diciéndole así:

- ¡Pero Don Camilo! ¿está usted durmiendo?
A lo que Cela responde:
- No. Estoy dormido.
- Bueno, ¡pero si es lo mismo!
- No, no. ¿Cómo va ser lo mismo? ¡No es lo mismo estar Jodiendo que estar Jodido!

Aquí los dejo, con estas cavilaciones sobre si aceptar o no que nuestro lenguaje cambie con el transcurso del tiempo.

viernes, 15 de mayo de 2009

La Muerte de Ulises.

Como siempre en mi relación con Ulises, me habló de su muerte en sueños. Con pocas personas me he relacionado más a través de mis sueños que en vigilia como con él. Pero claro, no supe hacer la lectura de su mensaje esta vez. O no quise. En esa Vida Onírica que vivo cada noche, él estaba sólo visualmente, pero con mi madre hablábamos de su recuperación sabiendo que hablábamos de alguien que no estaba presente en el mismo lugar que nosotras.

- ¡Se disolvió! - me contaba mi vieja, refiriéndose al tumor que le habían encontrado a Ulises en el cerebro un mes antes - ¡Se disolvió como si fuera de gelatina!

Y yo sentí alivio, y cierta alegría, mientras mirábamos a este holograma de Ulises traído por nuestra evocación, caminando por el patio, medio encorvado, con su chaqueta marrón medio raída y paso nervioso, como buscando algo entre las plantas.

Al día siguiente mi mamá me llamó por teléfono. Esa noche partía a Viña del Mar, pero antes almorzaría con el amigo de Ulises, que la había llamado para "contarle algunas cosas". Y yo supe. No me atreví a decirlo, pero lo supe. Lo negué, me dije a mí misma "no seas huevona, no pasó nada". Pero lo supe.


No pasé mucho tiempo con él. Era más bien como un personaje misterioso en la historia familiar. En mis sueños aparecía siempre como esos seres lumínicos y traviesos, siempre me entregaba el amuleto que serviría más adelante en mi aventura y siempre era un compañero, tal como él me llamaba desde que lavábamos platos en una perfectamente orquestada sincronía de esponja, lavalozas, enjuagues y secado con paño sucio de cocina.

Pero lo que más me estremece es el descalabro que produce la Muerte en quienes nos quedamos de este lado. Incluso cuando sabemos que es una farsa, incluso cuando creemos que hay un otro lado, que es un paso hacia una ciudad luminosa y etérea, aun cuando creemos sentir los pasos o la caricia de quienes ya se fueron, sigue provocándonos tristeza, soledad, impotencia, incompresión y rabia. ¿Porqué?

Siento que la Muerte me asusta más hoy que la voy comprendiendo como algo real. Ya no es la idea de la Muerte. Es la evidencia de ella. Y el problema no es la Muerte de uno, sino de quienes amamos. Porque yo jamás imaginé la muerte de mi hermano, pero a raíz de la suya, hoy vuelvo la cabeza ante la simple idea de que, algún día, mi otro hermano muera sin aviso previo, o mi madre, que seguramente lo hará antes que yo, o mi padre, que tan lejos y tan cerca ha estado siempre, o mi amado, que es definitivamente a quien más cerca deseo tener.

Ulises nos hizo regalos maravillosos a todos. La imagen de quien lucha por sus ideales estoicamente, la idea del compañero leal, el romanticismo de aquellos amores utópicos y tal vez imposibles, la evidencia de la sensibilidad a flor de piel en cada minuto, la simpatía a pesar del dolor guardado en el pecho.

No sé todavía cómo se hace, como no he sabido hacerlo respecto de la muerte de mi hermano Mauricio, pero creo que el encumbramiento de la alegría que nos dejaron es la única forma de vencer a la Muerte.

Es por eso que hoy, a tí, oh Gran Ulises, te saludo!!