En mi país la gente eligió a un presidente de derecha. Francamente no me preocupa tanto esto, porque no soy de los que creen que con ellos las cosas irán peor que con los que estaban antes. De hecho, creo que no será muy diferente.
Lo que me preocupa realmente son otras cosas, que hablan más de la idiosincracia de un pueblo que yo creía potente, valiente, aguerrido, y que ha demostrado ser cobarde aunque no por ello menos violento, egoísta, estúpido.
En este último tiempo he escuchado argumentos del estilo "A mí me da lo mismo porque a mí no me afecta." O "Yo creo que Piñera lo hará mejor que la Concertación porque si lo hace mal la derecha no vuelve a salir nunca más."
Este tipo de comentarios me hacen parar los pelos. Sin ser una persona instruída en política, me sorprende darme cuanta que la elección de un representante esté tan supeditada a lo que "a mí me conviene" y no a lo que nos conviene como país. Y me sorprende aún más cuando descubro las prioridades de mis coterráneos con respecto a las necesidades de un pueblo.
Con esto me refiero, primero, a la ceguera con que se miran las condiciones en las que vivimos en Chile, condiciones que son vergonzosas y que podrían por muchísimo ser mejores, por ejemplo con un sistema de salud que fuera de verdad pensado para que todos pudieran ser atendidos de forma digna(1). Ese sistema (por citar solo una parte) nos afecta a todos, con lo que el egoísta argumento de "A mi no me importa porque a mí no me toca" pierde validez (si es que en algún momento la tuvo.).
En segundo lugar, con respecto a las prioridades que se esgrimen a la hora de elegir presidente, confieso mi total incomprensión al observar cómo se ponen en un lado de la balanza la luminaria de las calles, los horarios de cierre de los bares, el número de efectivos policiales y las sanciones a delincuentes de poca monta y en el otro lado la educación, la salud, las leyes laborales y las leyes indígenas y que pese más el primer grupo.
Tomando como ejemplo el tema de la seguridad, mi incomprensión no radica en el desconocimiento del temor que provoca la delincuencia, si no en el conocimiento de sistemas donde ese peligro se erradicó de formas muy distintas a las planteadas por los políticos de mi país, pudiendo dedicar la energía que aquí se invierte en combatir la inseguridad de manera totalmente fútil, en generar mejores condiciones de vida para las personas. Un ejemplo clarísimo de esto es Holanda, con sus políticas que podrían considerarse "libertinas" pero que han conseguido disminuír notablemente la delincuencia, el consumo de pornografía y hasta las enfermedades venéreas, gracias a sistemas regulados de consumo responsable de drogas, protitución normada por sanidad, y por supuesto, sueldos un poco más equitativos y educación pública y de calidad para todos al menos hasta los 16 años (2).
Algunos argumentarán que es más facil para países europeos que cuentan con la mitad de la población que tenemos nosotros, pero mi reflexion apunta al aprendizaje de las soluciones implementadas en países que tienen mejor calidad de vida, sobre todo teniendo en cuenta que en Chile siempre estamos haciendo (falso) alarde de estar entre los países desarrollados del mundo. Inspirarse en las medidas aplicadas en otros lugares no significa tener que emular un modelo que nuestras diferencias de poblacion no permitan implementar. Inspiración es inspiración, no copia ni plagio.
En fin, tal vez este asunto tenga de bueno que la gente se dé cuenta que la cosa no es elegir a uno que promete más, dejandole la responsabilidad de velar por nosotros, pobres ciudadanos impotentes, si no que cuando se quiere algo hay que exigirlo, no mascullando entre dientes en el trabajo o echándole la caballería encima a la panadera o el chofer del bus, sino haciendo algo que realmente se escuche, muchos al mismo tiempo, de forma organizada pero no violenta, algo que les mueva su pequeño trono de mandamases tercermundistas.
lunes, 18 de enero de 2010
miércoles, 23 de diciembre de 2009
La Vida y el Viento.
Y si por un instante
los cangrejos se callaran
y me dejaran conciliar
este sueño errático
Si pudiera oír los violines
el agua entre las piedras
los bosques de mi pelo
las arañas y los ciervos
y este torrente ígneo
que intuyo dentro mío
No existiría idea que me pegara al suelo
me bañaría en mi propia leche
de lo fecundo de mis signos
de mi boca nacerían hadas
de mis manos caerían mundos
de mi padre crecerían soles
de mi madre encontraría el rastro
trocaría los ídolos por cristales
sazonaría los embrujos con hinojo
me partiría los huesos
y me colaría bajo los portones
como los gatos
para mirar bajo la falda de la Vida
y robarle un trocito
una pluma aunque sea
una hoja
o una mota
una hilacha del vestido
una hierba de su monte
una brizna de su nombre
magnífico nombre por el que vale la pena nacer
o haber nacido
Los canallas se morderían los labios
en mi cuerpo crecerían duraznos
me llenaría de saltamontes y grillos
y posiblemente el Viento
renacería de entre sus cenizas
y me dictaría los poemas
que todavía le llenan la boca.
los cangrejos se callaran
y me dejaran conciliar
este sueño errático
Si pudiera oír los violines
el agua entre las piedras
los bosques de mi pelo
las arañas y los ciervos
y este torrente ígneo
que intuyo dentro mío
No existiría idea que me pegara al suelo
me bañaría en mi propia leche
de lo fecundo de mis signos
de mi boca nacerían hadas
de mis manos caerían mundos
de mi padre crecerían soles
de mi madre encontraría el rastro
trocaría los ídolos por cristales
sazonaría los embrujos con hinojo
me partiría los huesos
y me colaría bajo los portones
como los gatos
para mirar bajo la falda de la Vida
y robarle un trocito
una pluma aunque sea
una hoja
o una mota
una hilacha del vestido
una hierba de su monte
una brizna de su nombre
magnífico nombre por el que vale la pena nacer
o haber nacido
Los canallas se morderían los labios
en mi cuerpo crecerían duraznos
me llenaría de saltamontes y grillos
y posiblemente el Viento
renacería de entre sus cenizas
y me dictaría los poemas
que todavía le llenan la boca.
lunes, 7 de diciembre de 2009
Charlotte.
Charlotte fue la protagonista de algunos de mis cuentos de adolescente, mi compañera en momentos de tristeza, mi amiga a la que tanto me gustaba acariciar. Le decíamos "La Gata Sanadora" porque se acercaba a masajear la zona adolorida cuando estábamos enfermos, fuera de salud o de pena.
Gran cazadora de palomas, lagartijas y una caturra, madre celosa de tres camadas, amante de la sombra de los árboles y las briznas de pasto de nuestro jardín. La señorita más educada del salón, la unica mascota conquistadora del amor de mi hermano Mauricio.
Testigo de los carretes en mi cuarto azul de la época del colegio, a los que llegaba con toda la calma del mundo como una partícipe más. Sigilosa al punto de abrir la boca sin emitir maullido alguno, dulce en su voz cuando por fín decidía alzarla.
Lectora incansable de los libros que disfrutábamos metidos en la cama durante los días de invierno.

Jamás escatimó en arrumacos, pero elegía con total soberanía la habitación en la que dormiría cada noche. Carabina inflexible de algún novio que me visitó en ausencia de mis padres, intérprete perfecta del "español-gatuno, gatuno-español".
Llegó a casa por opción propia, cuando aún era una cachorra. Y no solo se quedó, sino que se mudó 3 veces junto a la familia, tomándose religiosamente su primer día en cada casa nueva para conocer los techos (y a los vecinos) de su recién estrenada residencia.
Así la vimos crecer, pasar por el trance de la esterilización con liposucción incluída, empezar a perder los dientes (pero jamás la jovialidad) engordar y volverse una Señora Gata, juguetear y remolonear a piacere, y envejecer de pronto, como envejece una flor que un dia deja de ser regada.
Siempre fue saludable, pero enfermó de una semana a otra hace un par de meses. Dejó de comer y comenzó a despedirse. Como una vieja camarada con la que has compartido tus más íntimos secretos, se dejaba acariciar en su zona más enferma. Estrujó su dominio sobre el jardín y los sillones hasta el último momento en que una noche, mientras dormía, dejó de respirar.
Aún al levantarnos creemos ver su figura apareciendo sigilosa en la puerta de la cocina, pidiendo su desayuno como era su costumbre.
Adios amigaza preciosa. Que un mullido sillón en medio del jardín más frondoso te espere por esos lados que conoces ahora.
Gran cazadora de palomas, lagartijas y una caturra, madre celosa de tres camadas, amante de la sombra de los árboles y las briznas de pasto de nuestro jardín. La señorita más educada del salón, la unica mascota conquistadora del amor de mi hermano Mauricio.
Testigo de los carretes en mi cuarto azul de la época del colegio, a los que llegaba con toda la calma del mundo como una partícipe más. Sigilosa al punto de abrir la boca sin emitir maullido alguno, dulce en su voz cuando por fín decidía alzarla.
Lectora incansable de los libros que disfrutábamos metidos en la cama durante los días de invierno.
Jamás escatimó en arrumacos, pero elegía con total soberanía la habitación en la que dormiría cada noche. Carabina inflexible de algún novio que me visitó en ausencia de mis padres, intérprete perfecta del "español-gatuno, gatuno-español".
Llegó a casa por opción propia, cuando aún era una cachorra. Y no solo se quedó, sino que se mudó 3 veces junto a la familia, tomándose religiosamente su primer día en cada casa nueva para conocer los techos (y a los vecinos) de su recién estrenada residencia.
Así la vimos crecer, pasar por el trance de la esterilización con liposucción incluída, empezar a perder los dientes (pero jamás la jovialidad) engordar y volverse una Señora Gata, juguetear y remolonear a piacere, y envejecer de pronto, como envejece una flor que un dia deja de ser regada.
Siempre fue saludable, pero enfermó de una semana a otra hace un par de meses. Dejó de comer y comenzó a despedirse. Como una vieja camarada con la que has compartido tus más íntimos secretos, se dejaba acariciar en su zona más enferma. Estrujó su dominio sobre el jardín y los sillones hasta el último momento en que una noche, mientras dormía, dejó de respirar.
Aún al levantarnos creemos ver su figura apareciendo sigilosa en la puerta de la cocina, pidiendo su desayuno como era su costumbre.
Adios amigaza preciosa. Que un mullido sillón en medio del jardín más frondoso te espere por esos lados que conoces ahora.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Hombre muerto en el andén.
Hoy ví a un hombre muerto en el andén del metro.
Se había ido durmiendo poco a poco mientras el frío le entraba en los huesos y le dibujaba una sonrisa en la cara congelada.
Su sangre se había convertido en un solo bloque morado y sólido y en las manos conservaba, intacta, una mariposa viva y una carta escrita en húngaro.
Pero su corazón seguía latiendo.
Sólo entonces caí en cuenta de los 28 grados de calor, de los chicos en bermudas y las jóvenes de melenas castañas que se abanicaban con sus revistas de fotos de famosos.

El hombre del andén murió de pena, congelado por el frío que le dejó alguien que se fue o que no llegó.
Pero su muerte tenía de alegre que, con su llegada, el amor que mantenía latiendo su corazón comenzaba a ser eterno.
Se había ido durmiendo poco a poco mientras el frío le entraba en los huesos y le dibujaba una sonrisa en la cara congelada.
Su sangre se había convertido en un solo bloque morado y sólido y en las manos conservaba, intacta, una mariposa viva y una carta escrita en húngaro.
Pero su corazón seguía latiendo.
Sólo entonces caí en cuenta de los 28 grados de calor, de los chicos en bermudas y las jóvenes de melenas castañas que se abanicaban con sus revistas de fotos de famosos.

El hombre del andén murió de pena, congelado por el frío que le dejó alguien que se fue o que no llegó.
Pero su muerte tenía de alegre que, con su llegada, el amor que mantenía latiendo su corazón comenzaba a ser eterno.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Er lengüage i zú heboluzione...
Lo prometido es deuda, y como ya anticipamos en nuestra Fe de Etarras, hay que dedicarle unas líneas a la evolución a veces involutiva de nuestro adorado idioma y su forma de expresarlo: nuestro lenguaje.
Resulta paradójico para una purista de la gramática conceder que, sin las "aberraciones" que se van cometiendo en el hablar y el escribir, el lenguaje no evolucionaría. Pero tengo argumentos y ejemplos que pueden venir en la defensa de esa concesión. No sé si son buenos argumentos, pero intentémoslo... en esto de la flexibilidad a veces hay que hacer un esfuerzo.
Es cosa bien sabida que en la antigüedad se escribía y hablaba bien distinto a como hoy lo hacemos, y sin embargo, que se hayan omitido y convertido ciertas reglas sintácticas, nos parece algo normal y facilitador para el uso gramatical cotidiano. Sin embargo, nos escandalizamos cuando vemos faltas de ortografía, escuchamos malas pronunciaciones, términos "mal utilizados" o "inexistentes" y la utilización de lunfardos nuevos como el que ha impuesto la moda del chat.
Debo ser franca: me entristece e irrita la falta de vocabulario con la que hablan no sólo los chicos que aún están en el colegio, sino muchísima gente de mi generación y mayores que yo, y que no necesariamente estuvieron faltos de formación escolar. Me sorprende que haya personas adultas que no sepan expresarse sin muletillas, o que carezcan de sinónimos básicos, y me avergüenza que personas cercanas no sean capaces de leer un texto de corrido... aunque a decir verdad a veces los textos estan tan mal redactados, aunque aparezcan en medios de comunicación masivos, que es difícil interpretarlos, pero bueno...
Ese es mi lado, talvez, un poco fascista, de ese fascismo de las letras y no de las ideologías, y es contra ese lado que quiero plantear lo siguiente: ¿Por qué aceptamos que unos viejecitos roñosos nos dicten cómo debemos hablar y escribir? ¿Por qué los que tan revolucionarios nos hemos creído, los que hemos defendido la libertad de ideas y expresión, nos dejamos delimitar por lo que dice un grupo de señores que se hacen llamar "Reales Academicistas"? ¿Por qué ese grupo es "Real"? ¿Es que acaso la gente que no escribe ni lee bien es "Irreal"? ¿O es menos noble? ¿Quiénes son ellos para decirnos que término es correcto y cuál incorrecto? ¿Y quiénes somos nosotros para defender lo que ellos dictaminan?

Resulta que a un señor muy afamado, nacido en Colombia, premio nobel de literatura y que todos queremos muchísimo, se le ocurrió sugerir que ciertah letrah yah noh erah necesariah. Habló también sobre la inutilidad de la "G" en aquellas palabras en las que dicho vocablo suena como una "J", poniéndonos a los pobres mortales en la dificultad de recordar las ocasiones en las que debemos acompañarla de una "U" para que suene como la letra que es en realidad: una "G", de "GATO". Todo sería más fácil para todos si todas las letras se pronunciaran siempre y con el mismo sonido, vayan o no acompañadas de otra. Pero se encabritaron con él, y se pusieron colorados de ira. ¿Volver a escribir "JENERAL" como en el siglo XVI? ¿Quitarle la diéresis a la "U" para que nunca sea muda? ¿Que "GUITARRA" sea simplemente "GITARRA" sin que por ello se convierta en "JITARRA"? ¡¡¡ Nooooooooo, tamaña aberración no fue aceptada por La Realeza de los Académicos !!!
Pero hay algo que hacer notar: a este señor tan afamado no le aceptaron sus sugerencias, pero se le escuchó, no se dijo que él fuera un ignorante que no supiera escribir ni hablar, su opinión salió en los diarios y él sigue publicando libros y siendo muy querido por todos nosotros.
¿Pero qué pasa cuando alguien comete el error de decir algo de un modo "no aceptado" y no es autoridad en el tema para defender la legitimidad de su término "inventado"?
Tal es el caso de una ministra española (concedamos que en verdad es una cazurra de cuidado.) que se refirió a los miembros del género femenino de una institución como "miembras". ¡Pobre mujer! jamás se habría imaginado que la Real Academia no contemplaba la posibilidad de que las instituciones serias fueran, algún día, compuestas también por damas, y olvidara incluír el femenino de dicho nombre. ¿Quién es el imbécil en esta situación? ¿La cazurra ministra que no tiene idea de lenguaje o los mentalmente jurásicos Académicos de la Lengua?
Así también se les ocurrió a los brillantes señores, por ahí por el '98 o '99, adosarle al gentilicio "ANTOFAGASTINO" el sinónimo de "INDESEABLE". No recuerdo que hayan dado alguna explicación del porqué de dicha decisión, pero el revuelo fue tanto que terminaron por echar pie atrás. Y esos iluminados señores son los que nos dicen cómo debemos escribir, hablar y leer.
Camilo José Cela contaba una anécdota preciosa sobre lo aburridos que son estos vejetes tan cultos y con tanta cátedra. Él fue aceptado por el hermético círculo, al igual que Don Fernando Fernán Gómez, otro letrado de alcurnia que también se aburría muchísimo en las sesiones de la RAE. Don Camilo relataba una de estas reuniones contando cómo se estaba quedando dormido mientras se debatía sobre quién sabe qué pajas semánticas. Al darse cuenta, quien presidía la sesión, de los cabeceos de Cela, le increpó diciéndole así:
- ¡Pero Don Camilo! ¿está usted durmiendo?
A lo que Cela responde:
- No. Estoy dormido.
- Bueno, ¡pero si es lo mismo!
- No, no. ¿Cómo va ser lo mismo? ¡No es lo mismo estar Jodiendo que estar Jodido!
Aquí los dejo, con estas cavilaciones sobre si aceptar o no que nuestro lenguaje cambie con el transcurso del tiempo.
Resulta paradójico para una purista de la gramática conceder que, sin las "aberraciones" que se van cometiendo en el hablar y el escribir, el lenguaje no evolucionaría. Pero tengo argumentos y ejemplos que pueden venir en la defensa de esa concesión. No sé si son buenos argumentos, pero intentémoslo... en esto de la flexibilidad a veces hay que hacer un esfuerzo.
Es cosa bien sabida que en la antigüedad se escribía y hablaba bien distinto a como hoy lo hacemos, y sin embargo, que se hayan omitido y convertido ciertas reglas sintácticas, nos parece algo normal y facilitador para el uso gramatical cotidiano. Sin embargo, nos escandalizamos cuando vemos faltas de ortografía, escuchamos malas pronunciaciones, términos "mal utilizados" o "inexistentes" y la utilización de lunfardos nuevos como el que ha impuesto la moda del chat.
Debo ser franca: me entristece e irrita la falta de vocabulario con la que hablan no sólo los chicos que aún están en el colegio, sino muchísima gente de mi generación y mayores que yo, y que no necesariamente estuvieron faltos de formación escolar. Me sorprende que haya personas adultas que no sepan expresarse sin muletillas, o que carezcan de sinónimos básicos, y me avergüenza que personas cercanas no sean capaces de leer un texto de corrido... aunque a decir verdad a veces los textos estan tan mal redactados, aunque aparezcan en medios de comunicación masivos, que es difícil interpretarlos, pero bueno...
Ese es mi lado, talvez, un poco fascista, de ese fascismo de las letras y no de las ideologías, y es contra ese lado que quiero plantear lo siguiente: ¿Por qué aceptamos que unos viejecitos roñosos nos dicten cómo debemos hablar y escribir? ¿Por qué los que tan revolucionarios nos hemos creído, los que hemos defendido la libertad de ideas y expresión, nos dejamos delimitar por lo que dice un grupo de señores que se hacen llamar "Reales Academicistas"? ¿Por qué ese grupo es "Real"? ¿Es que acaso la gente que no escribe ni lee bien es "Irreal"? ¿O es menos noble? ¿Quiénes son ellos para decirnos que término es correcto y cuál incorrecto? ¿Y quiénes somos nosotros para defender lo que ellos dictaminan?

Resulta que a un señor muy afamado, nacido en Colombia, premio nobel de literatura y que todos queremos muchísimo, se le ocurrió sugerir que ciertah letrah yah noh erah necesariah. Habló también sobre la inutilidad de la "G" en aquellas palabras en las que dicho vocablo suena como una "J", poniéndonos a los pobres mortales en la dificultad de recordar las ocasiones en las que debemos acompañarla de una "U" para que suene como la letra que es en realidad: una "G", de "GATO". Todo sería más fácil para todos si todas las letras se pronunciaran siempre y con el mismo sonido, vayan o no acompañadas de otra. Pero se encabritaron con él, y se pusieron colorados de ira. ¿Volver a escribir "JENERAL" como en el siglo XVI? ¿Quitarle la diéresis a la "U" para que nunca sea muda? ¿Que "GUITARRA" sea simplemente "GITARRA" sin que por ello se convierta en "JITARRA"? ¡¡¡ Nooooooooo, tamaña aberración no fue aceptada por La Realeza de los Académicos !!!
Pero hay algo que hacer notar: a este señor tan afamado no le aceptaron sus sugerencias, pero se le escuchó, no se dijo que él fuera un ignorante que no supiera escribir ni hablar, su opinión salió en los diarios y él sigue publicando libros y siendo muy querido por todos nosotros.
¿Pero qué pasa cuando alguien comete el error de decir algo de un modo "no aceptado" y no es autoridad en el tema para defender la legitimidad de su término "inventado"?
Tal es el caso de una ministra española (concedamos que en verdad es una cazurra de cuidado.) que se refirió a los miembros del género femenino de una institución como "miembras". ¡Pobre mujer! jamás se habría imaginado que la Real Academia no contemplaba la posibilidad de que las instituciones serias fueran, algún día, compuestas también por damas, y olvidara incluír el femenino de dicho nombre. ¿Quién es el imbécil en esta situación? ¿La cazurra ministra que no tiene idea de lenguaje o los mentalmente jurásicos Académicos de la Lengua?
Así también se les ocurrió a los brillantes señores, por ahí por el '98 o '99, adosarle al gentilicio "ANTOFAGASTINO" el sinónimo de "INDESEABLE". No recuerdo que hayan dado alguna explicación del porqué de dicha decisión, pero el revuelo fue tanto que terminaron por echar pie atrás. Y esos iluminados señores son los que nos dicen cómo debemos escribir, hablar y leer.
Camilo José Cela contaba una anécdota preciosa sobre lo aburridos que son estos vejetes tan cultos y con tanta cátedra. Él fue aceptado por el hermético círculo, al igual que Don Fernando Fernán Gómez, otro letrado de alcurnia que también se aburría muchísimo en las sesiones de la RAE. Don Camilo relataba una de estas reuniones contando cómo se estaba quedando dormido mientras se debatía sobre quién sabe qué pajas semánticas. Al darse cuenta, quien presidía la sesión, de los cabeceos de Cela, le increpó diciéndole así:
- ¡Pero Don Camilo! ¿está usted durmiendo?
A lo que Cela responde:
- No. Estoy dormido.
- Bueno, ¡pero si es lo mismo!
- No, no. ¿Cómo va ser lo mismo? ¡No es lo mismo estar Jodiendo que estar Jodido!
Aquí los dejo, con estas cavilaciones sobre si aceptar o no que nuestro lenguaje cambie con el transcurso del tiempo.
lunes, 5 de octubre de 2009
La Gran Nina Simone.
Yo sabía que me gustaba. Pero nunca creí que tanto.
Por favor no dejen de verla... y escúchenla fuerte.
Por favor no dejen de verla... y escúchenla fuerte.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Kundalini ha llegado.
Mi Vida ha sido en general sedentaria. Me gusta flojear, y comer cosas ricas, aprovechando que no engordo con nada. Adoro los fines de semana frente a una pantalla viendo películas por docena, comiendo tacos, galletas Tip Top, sushi, cabritas saladas, ñoquis y todo cuanto se me plazca comprar o cocinar. Me fascina leer acostada entre mantas durante el invierno, y guata al sol en veranito.
Por esto a veces he creído oportuno practicar algún deporte o ejercicio, para no enquilosarme, para estar más sana, para cubrir de un poquito más de musculatura mi huesudo cuerpo... en fin, más por vegüenza de ser tan holgazana que por otra cosa, y siempre buscando alguna excusa que lo justifique y me impulse a hacerlo. Pero indefectiblemente siempre lo he dejado botado. Es aburrido, duele todo al día siguiente, hay que levantarse cuando uno mas calientito está, hacer esfuerzo... ¡ahj, esto de mover el cuerpo es toda una lata!!
A excepción del volleyball, que practicaba con gusto cuando tenía unos 9 años y que dejé por temor a lesionar mis frágiles deditos (mi papá me puso a estudiar piano por ese entonces), fueron quedando en el camino la natación, la danza, un gimnasio, pilates y el trote. Quería comprarme un saco para boxearlo, y Pheraltusz estuvo enseñándome a hacerlo por una tarde, y aunqué me gustó, no prosperé demasiado y las manos me quedaron moradas y doloridas.
Hasta que, de nuevo queriendo salir de mi letargo de Choloepus Chilensis, y buscando algo que me ayudara a disciplinarme un poco, comencé a ir a clases de Yoga Kundalini.
Siempre había tenido una idea del yoga como algo muy snob, esas cosas que por ancestrales y místicas se han vuelto de moda y pasto de charlatanes. Pero aún así, haciendo un gran esfuerzo contra la pereza y la vergüenza, me levanté un día y fui a la primera clase. Y llegué a Kundalini Yoga por azar, porque era lo que había en el horario que yo podía ir no más.

No le encontré, inicialmente, mucha gracia al asunto, pero seguí yendo, no muy religiosamente porque falté varias veces por no ser capaz de levantarme, y por otras razones que no viene al caso explicar, pero, por algún motivo, a los 2 meses exactos de aquella primera mañana en que me obligué a ir, comencé a enamorarme de Kundalini.
Llegó haciendome sentir feliz, fresca, despejada como nunca. De a poco fui recobrando la elasticidad que recordaba haber tenido cuando muy niña, y el aire me pareció más puro cada mañana. Logré dejar de ver uno de mis hombros más arriba que el otro cuando caminaba frente a un espejo sin tener que bajarlo forzadamente, y ese pequeño pinchazo que llevaba algún tiempo sintiendo cerca de una vértebra comenzó a disiparse. Me llené de dicha cuando me ví agradeciendo por mi cuerpo, máquina perfecta, en un mantra que canta a mi tesoro más anhelado: La Verdad.
Pude sentir por fin en carne propia lo que siempre defendí como una idea: que lo físico no solo no se opone, sino que necesariamente va a la par con lo espiritual.
Pero lo mejor de todo: ¡cada día quiero volver a hacerlo de nuevo! Cada mañana, a pesar de la cama tibia, necesito hacer por lo menos un par de ejercicios. Cada noche Kundalini me llama a sentarme y relajar mi cuerpo, mi corazón y mi mente.
Por esto a veces he creído oportuno practicar algún deporte o ejercicio, para no enquilosarme, para estar más sana, para cubrir de un poquito más de musculatura mi huesudo cuerpo... en fin, más por vegüenza de ser tan holgazana que por otra cosa, y siempre buscando alguna excusa que lo justifique y me impulse a hacerlo. Pero indefectiblemente siempre lo he dejado botado. Es aburrido, duele todo al día siguiente, hay que levantarse cuando uno mas calientito está, hacer esfuerzo... ¡ahj, esto de mover el cuerpo es toda una lata!!
A excepción del volleyball, que practicaba con gusto cuando tenía unos 9 años y que dejé por temor a lesionar mis frágiles deditos (mi papá me puso a estudiar piano por ese entonces), fueron quedando en el camino la natación, la danza, un gimnasio, pilates y el trote. Quería comprarme un saco para boxearlo, y Pheraltusz estuvo enseñándome a hacerlo por una tarde, y aunqué me gustó, no prosperé demasiado y las manos me quedaron moradas y doloridas.
Hasta que, de nuevo queriendo salir de mi letargo de Choloepus Chilensis, y buscando algo que me ayudara a disciplinarme un poco, comencé a ir a clases de Yoga Kundalini.
Siempre había tenido una idea del yoga como algo muy snob, esas cosas que por ancestrales y místicas se han vuelto de moda y pasto de charlatanes. Pero aún así, haciendo un gran esfuerzo contra la pereza y la vergüenza, me levanté un día y fui a la primera clase. Y llegué a Kundalini Yoga por azar, porque era lo que había en el horario que yo podía ir no más.

No le encontré, inicialmente, mucha gracia al asunto, pero seguí yendo, no muy religiosamente porque falté varias veces por no ser capaz de levantarme, y por otras razones que no viene al caso explicar, pero, por algún motivo, a los 2 meses exactos de aquella primera mañana en que me obligué a ir, comencé a enamorarme de Kundalini.
Llegó haciendome sentir feliz, fresca, despejada como nunca. De a poco fui recobrando la elasticidad que recordaba haber tenido cuando muy niña, y el aire me pareció más puro cada mañana. Logré dejar de ver uno de mis hombros más arriba que el otro cuando caminaba frente a un espejo sin tener que bajarlo forzadamente, y ese pequeño pinchazo que llevaba algún tiempo sintiendo cerca de una vértebra comenzó a disiparse. Me llené de dicha cuando me ví agradeciendo por mi cuerpo, máquina perfecta, en un mantra que canta a mi tesoro más anhelado: La Verdad.
Pude sentir por fin en carne propia lo que siempre defendí como una idea: que lo físico no solo no se opone, sino que necesariamente va a la par con lo espiritual.
Pero lo mejor de todo: ¡cada día quiero volver a hacerlo de nuevo! Cada mañana, a pesar de la cama tibia, necesito hacer por lo menos un par de ejercicios. Cada noche Kundalini me llama a sentarme y relajar mi cuerpo, mi corazón y mi mente.
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