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Giselle
Creo en la Vida y su luminiscencia, creo en la fuerza y en la bondad, creo en la alegría y la confianza.
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miércoles 14 de octubre de 2009

Er lengüage i zú heboluzione...

Lo prometido es deuda, y como ya anticipamos en nuestra Fe de Etarras, hay que dedicarle unas líneas a la evolución a veces involutiva de nuestro adorado idioma y su forma de expresarlo: nuestro lenguaje.

Resulta paradójico para una purista de la gramática conceder que, sin las "aberraciones" que se van cometiendo en el hablar y el escribir, el lenguaje no evolucionaría. Pero tengo argumentos y ejemplos que pueden venir en la defensa de esa concesión. No sé si son buenos argumentos, pero intentémoslo... en esto de la flexibilidad a veces hay que hacer un esfuerzo.

Es cosa bien sabida que en la antigüedad se escribía y hablaba bien distinto a como hoy lo hacemos, y sin embargo, que se hayan omitido y convertido ciertas reglas sintácticas, nos parece algo normal y facilitador para el uso gramatical cotidiano. Sin embargo, nos escandalizamos cuando vemos faltas de ortografía, escuchamos malas pronunciaciones, términos "mal utilizados" o "inexistentes" y la utilización de lunfardos nuevos como el que ha impuesto la moda del chat.

Debo ser franca: me entristece e irrita la falta de vocabulario con la que hablan no sólo los chicos que aún están en el colegio, sino muchísima gente de mi generación y mayores que yo, y que no necesariamente estuvieron faltos de formación escolar. Me sorprende que haya personas adultas que no sepan expresarse sin muletillas, o que carezcan de sinónimos básicos, y me avergüenza que personas cercanas no sean capaces de leer un texto de corrido... aunque a decir verdad a veces los textos estan tan mal redactados, aunque aparezcan en medios de comunicación masivos, que es difícil interpretarlos, pero bueno...

Ese es mi lado, talvez, un poco fascista, de ese fascismo de las letras y no de las ideologías, y es contra ese lado que quiero plantear lo siguiente: ¿Por qué aceptamos que unos viejecitos roñosos nos dicten cómo debemos hablar y escribir? ¿Por qué los que tan revolucionarios nos hemos creído, los que hemos defendido la libertad de ideas y expresión, nos dejamos delimitar por lo que dice un grupo de señores que se hacen llamar "Reales Academicistas"? ¿Por qué ese grupo es "Real"? ¿Es que acaso la gente que no escribe ni lee bien es "Irreal"? ¿O es menos noble? ¿Quiénes son ellos para decirnos que término es correcto y cuál incorrecto? ¿Y quiénes somos nosotros para defender lo que ellos dictaminan?


Resulta que a un señor muy afamado, nacido en Colombia, premio nobel de literatura y que todos queremos muchísimo, se le ocurrió sugerir que ciertah letrah yah noh erah necesariah. Habló también sobre la inutilidad de la "G" en aquellas palabras en las que dicho vocablo suena como una "J", poniéndonos a los pobres mortales en la dificultad de recordar las ocasiones en las que debemos acompañarla de una "U" para que suene como la letra que es en realidad: una "G", de "GATO". Todo sería más fácil para todos si todas las letras se pronunciaran siempre y con el mismo sonido, vayan o no acompañadas de otra. Pero se encabritaron con él, y se pusieron colorados de ira. ¿Volver a escribir "JENERAL" como en el siglo XVI? ¿Quitarle la diéresis a la "U" para que nunca sea muda? ¿Que "GUITARRA" sea simplemente "GITARRA" sin que por ello se convierta en "JITARRA"? ¡¡¡ Nooooooooo, tamaña aberración no fue aceptada por La Realeza de los Académicos !!!

Pero hay algo que hacer notar: a este señor tan afamado no le aceptaron sus sugerencias, pero se le escuchó, no se dijo que él fuera un ignorante que no supiera escribir ni hablar, su opinión salió en los diarios y él sigue publicando libros y siendo muy querido por todos nosotros.

¿Pero qué pasa cuando alguien comete el error de decir algo de un modo "no aceptado" y no es autoridad en el tema para defender la legitimidad de su término "inventado"?
Tal es el caso de una ministra española (concedamos que en verdad es una cazurra de cuidado.) que se refirió a los miembros del género femenino de una institución como "miembras". ¡Pobre mujer! jamás se habría imaginado que la Real Academia no contemplaba la posibilidad de que las instituciones serias fueran, algún día, compuestas también por damas, y olvidara incluír el femenino de dicho nombre. ¿Quién es el imbécil en esta situación? ¿La cazurra ministra que no tiene idea de lenguaje o los mentalmente jurásicos Académicos de la Lengua?

Así también se les ocurrió a los brillantes señores, por ahí por el '98 o '99, adosarle al gentilicio "ANTOFAGASTINO" el sinónimo de "INDESEABLE". No recuerdo que hayan dado alguna explicación del porqué de dicha decisión, pero el revuelo fue tanto que terminaron por echar pie atrás. Y esos iluminados señores son los que nos dicen cómo debemos escribir, hablar y leer.

Camilo José Cela contaba una anécdota preciosa sobre lo aburridos que son estos vejetes tan cultos y con tanta cátedra. Él fue aceptado por el hermético círculo, al igual que Don Fernando Fernán Gómez, otro letrado de alcurnia que también se aburría muchísimo en las sesiones de la RAE. Don Camilo relataba una de estas reuniones contando cómo se estaba quedando dormido mientras se debatía sobre quién sabe qué pajas semánticas. Al darse cuenta, quien presidía la sesión, de los cabeceos de Cela, le increpó diciéndole así:

- ¡Pero Don Camilo! ¿está usted durmiendo?
A lo que Cela responde:
- No. Estoy dormido.
- Bueno, ¡pero si es lo mismo!
- No, no. ¿Cómo va ser lo mismo? ¡No es lo mismo estar Jodiendo que estar Jodido!

Aquí los dejo, con estas cavilaciones sobre si aceptar o no que nuestro lenguaje cambie con el transcurso del tiempo.

lunes 5 de octubre de 2009

La Gran Nina Simone.

Yo sabía que me gustaba. Pero nunca creí que tanto.
Por favor no dejen de verla... y escúchenla fuerte.

lunes 21 de septiembre de 2009

¡¡ Grande Giampi !!

Giampiero se pasó: uno de los mejores obsequios del año.

Logramos salir de Santiago, aunque haya sido por un par de días. En su casa del Quisco nos recibió a las 11:00 de la mañana, todavía medio dormido, pero contento, y ya nos habíamos comido la primera empanada de camarones de la costa. Excelente comienzo.


El Mar estaba magnífico, como siempre. El cielo nos regaló Luz y Sol, generoso con nuestros cuerpos y mentes abatidos por el encierro citadino. Hubo también volantines, con batalla perdida de hilos curados incluída.

No podría describir la sensación de no-tiempo que me invadió hasta el momento en que tuvimos que caminar de vuelta hacia el terminal de buses. Todo estuvo bien, todo me pareció más suave, todo resultaba fácil. Desde el Viento fresco que no cesó jamás, hasta la fonda dieciochera me produjeron sensación de bienestar. Pamela y Giampi son gente buena, respetuosa, simpática. Con ellos no hay ruidos, solo claridad.

Pero por si acaso todo eso no hubiese bastado, la comida venía a regalonearnos un poquito más. No fueron solo las empanadas de jaiba, fué también el salmoncito a la parrilla, las almejas en salsa verde con limón, el vino que, por suerte, en este país nunca suele ser malo... ¡y los dulces! por fortuna andaba Matías The Kid con nosotros, promotor invencible de alfajores, churros y galletas, peligro de los chocolates abandonados sobre la mesa, constructor de autazos a control remoto, jugador picado de Dudo y monologador imparable de aventuras insólitas. Soledad, su dulce amada, nos lo advirtió futilmente: "No dejen golosinas sobre la mesa porque se las comerá.".
Fue algo más que un paseíto a la playa. Califica para figurar junto al año nuevo en casa de Miki y Javiera, en Puelo, allá por el 2004. O la visita al Lago Tinquilco con el Doli. Pero mejor, muchísimo mejor, porque además de todas las cosas agradables que hubo, tuve junto a mí a mi amado, a mi Jose, a mi luthier. De él recibimos el fogón de despedida. Buscando y quebrando ramas, cavó después la tierra para hacerle un lecho al fuego. Así es mi hombre, cálido, suave, cercano, alegre, enérgico, fuerte y, lo más importante, enamorado.

Lejos, las únicas fiestras patrias maravillosas hasta este momento de mi Vida.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Kundalini ha llegado.

Mi Vida ha sido en general sedentaria. Me gusta flojear, y comer cosas ricas, aprovechando que no engordo con nada. Adoro los fines de semana frente a una pantalla viendo películas por docena, comiendo tacos, galletas Tip Top, sushi, cabritas saladas, ñoquis y todo cuanto se me plazca comprar o cocinar. Me fascina leer acostada entre mantas durante el invierno, y guata al sol en veranito.

Por esto a veces he creído oportuno practicar algún deporte o ejercicio, para no enquilosarme, para estar más sana, para cubrir de un poquito más de musculatura mi huesudo cuerpo... en fin, más por vegüenza de ser tan holgazana que por otra cosa, y siempre buscando alguna excusa que lo justifique y me impulse a hacerlo. Pero indefectiblemente siempre lo he dejado botado. Es aburrido, duele todo al día siguiente, hay que levantarse cuando uno mas calientito está, hacer esfuerzo... ¡ahj, esto de mover el cuerpo es toda una lata!!

A excepción del volleyball, que practicaba con gusto cuando tenía unos 9 años y que dejé por temor a lesionar mis frágiles deditos (mi papá me puso a estudiar piano por ese entonces), fueron quedando en el camino la natación, la danza, un gimnasio, pilates y el trote. Quería comprarme un saco para boxearlo, y Pheraltusz estuvo enseñándome a hacerlo por una tarde, y aunqué me gustó, no prosperé demasiado y las manos me quedaron moradas y doloridas.

Hasta que, de nuevo queriendo salir de mi letargo de Choloepus Chilensis, y buscando algo que me ayudara a disciplinarme un poco, comencé a ir a clases de Yoga Kundalini.
Siempre había tenido una idea del yoga como algo muy snob, esas cosas que por ancestrales y místicas se han vuelto de moda y pasto de charlatanes. Pero aún así, haciendo un gran esfuerzo contra la pereza y la vergüenza, me levanté un día y fui a la primera clase. Y llegué a Kundalini Yoga por azar, porque era lo que había en el horario que yo podía ir no más.




No le encontré, inicialmente, mucha gracia al asunto, pero seguí yendo, no muy religiosamente porque falté varias veces por no ser capaz de levantarme, y por otras razones que no viene al caso explicar, pero, por algún motivo, a los 2 meses exactos de aquella primera mañana en que me obligué a ir, comencé a enamorarme de Kundalini.

Llegó haciendome sentir feliz, fresca, despejada como nunca. De a poco fui recobrando la elasticidad que recordaba haber tenido cuando muy niña, y el aire me pareció más puro cada mañana. Logré dejar de ver uno de mis hombros más arriba que el otro cuando caminaba frente a un espejo sin tener que bajarlo forzadamente, y ese pequeño pinchazo que llevaba algún tiempo sintiendo cerca de una vértebra comenzó a disiparse. Me llené de dicha cuando me ví agradeciendo por mi cuerpo, máquina perfecta, en un mantra que canta a mi tesoro más anhelado: La Verdad.
Pude sentir por fin en carne propia lo que siempre defendí como una idea: que lo físico no solo no se opone, sino que necesariamente va a la par con lo espiritual.

Pero lo mejor de todo: ¡cada día quiero volver a hacerlo de nuevo! Cada mañana, a pesar de la cama tibia, necesito hacer por lo menos un par de ejercicios. Cada noche Kundalini me llama a sentarme y relajar mi cuerpo, mi corazón y mi mente.

Es por estas bondades que hoy quiero rendir homenaje a quien me introdujera en este arte que está, otra vez, cambiando mi Vida: A mi Maestra de Kundalini, Cecilia Valenzuela, millones de gracias.

(Y si quieren tomar clases, su teléfono es 07.452.33.41)

viernes 21 de agosto de 2009

Releyendo y Reviviendo

La Vida siempre tendrá que enseñarnos que no hay un "lugar" al que uno llegue y por fin permanezca allí por siempre, eternamente sabio, eternamente huevón o eternamente finito.
Alguna vez creí que dados los ultimos dolorosos tropezones que había sufrido, había logrado llegar, a fuerza de no querer seguirlos sufriendo, a una especie de lugar donde "era mejor que antes". Y era cierto. Pero también era cierto que no iba a ser así para siempre a partir de ese minuto, porque no tuvo que pasar demasiado tiempo para volver a vivir situciones que me hicieron sentir en lo Profundo de mi Alma que no solo no había dejado de ser una grandísima huevona, sino que jamás dejaría de serlo... ¡¡¡brillante idea!!!
Y es que al parecer la gracia de estar vivos consista, entre otras muchas y encantadoras cosas, en ir dándonos cuenta de cómo ejercemos ese acto. Y en ese darnos cuenta, ella, La Vida, va haciéndonos jugarretas para que nunca dejemos de sorprendernos. Ese es su truco para mantenernos atentos. Y entre zancadilla y vuelta a pararse uno se siente idiota y mesías consecutivamente.
Decidir no sentirme ninguna de las dos cosas es tarea difícil: muchas veces es necesario precisamente no ser excesivamente modesto para aprender a ser humilde. En cuanto uno cae en el "yo no soy nadie" está condenado a precipitarse de hocico contra el "soy mejor que el resto". El ejercicio de asumirse con capacidades que valoramos en nosotros mismos nos pone inmendiatamente ante la evidencia de que nos quedan muchas aristas por pulir. Lo dificil no es ser sincero con uno mismo cuando se llega a ese estado de equilibrio en la apreciaciones, lo dificil es estar en él por mucho tiempo.
Y lo bonito de cuando se está, es poder dejar una señalcita de que uno pasó por ahí. No para demostrárselo a nadie, sino más bien para poder acordarse cuando uno vuelve a zona oscura y así poder salir más rápido de ella.
Yo dejo mi sañalcita en este momento. Es un momento muy breve, o talvez sea el breve momento del comienzo de un período más largo, pero es un momento sublime. Las cosas de repente empezaron a sonar a música y el acto de vivir se hizo, abruptísimamente, mucho más suave y facil de hacer, sin resistencias, sin ruido, sin dolor.
Sé que saben de que hablo, todos nos hemos iluminado alguna vez.

lunes 27 de julio de 2009

Disculpen la molestia

Por Eduardo Galeano.

Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza. ¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés? El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración? ¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla? ¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?

Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes? ¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan? ¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores? ¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?

¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de “crimen organizado”? Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles. Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?

¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es? ¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes. Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial.

Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.

En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?

Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia? ¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia? ¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo? Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos? ¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?

Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito nos?

Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas: –Ahí lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.

En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento. El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?

A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.

viernes 3 de julio de 2009

La Música nace en tus Manos.

Al principio creo que traté de negarlo: me había enamorado de tí y aún era tan pronto. Así que lo puse en duda, levanté mis barreras para no pasar por situaciones ya conocidas, me mostré con esa independencia que no quería perder y te advertí que tengo amigos hombres con los que me gusta beber vino.

No duró mucho todo eso. Algunos pueden fingir más, otros menos. Yo puedo muy poquito, pero nadie puede hacerlo por siempre. Las barreras solo servían para seguir sintiéndome enojada y sola, la independencia me hacía echarte de menos, y los amigos hombres querían beber vino contigo también, porque te encontraban simpático. Era más fácil no seguir defendiéndose del pasado, y vivir tranquila un presente nuevecito, fresco, con olor a día claro de invierno.



Así y todo, se me pasó el tiempo sintiendo que un amor grande y cálido nacía y crecía dentro mío, pero no dimensioné cuánto, ni lo rápido que lo hacía.

Hasta ahora.

Para variar fue así de pronto, como suele pasarme, sólo que esta vez no iba en micro. Llevabas varios días terminando la restauración del contrabajo austríaco, y yo había tratado de ayudarte como pude. Te había visto limpiándolo, cerrando sus heridas, barnizándolo. No era la primera vez que te veía hacer magia. También he visto como nace un tiple de tus manos. Haces instrumentos como quien moldea la arcilla. Y yo empecé a recordarte y me daban ganas de apretarte fuerte. Me derretí evocando cómo te concentras cuando tallas y lijas la madera, la belleza de tus instrumentos, la seriedad con la que vives tu oficio. Me reí con tu simpatía, y con los chascarros de taller, tu alumno y yo apretándonos la panza de risa. Y me sorprendí de tu humildad, bajándote siempre el perfil porque sabes que debes seguir aprendiendo de los que saben más que tú, haciendo tu trabajo bien porque así hay que hacerlo, sabiendo que eres bueno pero que puedes ser mejor.



A mí me dan ganas de decir que eres el mejor luthier del mundo. Sé que no es cierto, que aún te falta mucho, pero sé también que eres mejor que lo que dices. Cuando veo cómo llegan los cellos, los contrabajos, las guitarras, y después veo cómo se van, descubro que la música nace en tus manos. Sé que lo tuyo es construír nuevos instrumentos, pero yo soy restauradora, no puedo admirarme menos por lo que haces con los instrumentos que llegan rotos. Y entonces me doy cuenta de lo que has hecho conmigo, Jose! cómo llegué a tu casa-taller, y como estoy hoy, con todo este amor precioso con el que me has tratado. Por primera vez el clásico chiste fome que recibimos todos los restauradores, es cierto: has podido restaurarme.

Te amo luthier hermoso. Y te admiro. No me había dado cuenta de cuánto.