viernes, 12 de septiembre de 2014

Caminata solitaria por el monte.


Salí al camino de tierra bajo un cielo diseñado para no ser creído, entre montañas soberbias y amenazantes como dioses que perdonan la vida confiados en su potencia para quitarla.

Caminé sabiéndome a expensas de la Tierra, rehén del cosmos, pequeña brizna de quien nada depende. En cualquier momento algo que yo no imagino se urde y sucede: el rumor del río podría transformarse de pronto en rugido de mil truenos furiosos y yo nada podré hacer por impedirlo. Decido entregarme aliviada, en mis manos no existe control alguno de los misterios que aguardan mi marcha. Enfilo a casa apresurando el paso con la urgencia del tiempo que se acaba.

A escribir,
escribir y contar,
alcanzar a contar
lo que hoy he visto.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Post Risk...

Hace un par de noches, tres amigos (eran 4 pero uno de ellos roncaba y babeaba esparcido en una silla) me hicieron ver que estaba equivocada, no una, sino 3 veces. Lo hicieron con amabilidad y sin argumentos rimbombantes, y con ello me quitaron un enorme peso de encima: el de querer tener la razón a toda costa.

Es cierto que aún hoy surgen matices en los que creo que no se me escuchó con atención y que considero válidos, pero ese no es el punto central. Me sirve observarlo, como un acto de reflexión sobre los propios mecanismos de mi conciencia, los no elegidos, los que marcan una tendencia que deseo modificar, pero lo central, en esta ocasión, es que me regalaron el alivio de bajar los brazos y ceder a no tener la razón (como si siempre la tuviera), y que guardo un registro claro de esa sensación.

En algún momento estuve a punto de desproporcionar todo esto, y caer en la autocompasión y la creencia de que lo hago todo mal, que soy pésima, recriminándome por ser peladora, prejuiciosa y violenta. No es para tanto. Más bien al contrario, la proporción justa es que hubo amigos allí para mostrármelo y que hubo algo de lucidez en mí (paradójico dada la situación) que me permitió reconocerlo y, lejos de sentirme mal, me siento agradecida.

Sí creo que algunos desproporcionan para el otro lado, degradando el momento precioso en que uno toma registro íntimo de algo como esto y le dedica una alabanza. Acusar a quien tiene esa epifanía de “ponerse grave” es desproporcionado en lo escueto. Si al menos una vez a la semana tuviéramos momentos así, sin duda evolucionaríamos más rápido, por tanto me parece digno de celebración. Y esa celebración no tiene por qué ser solemne ni pesada, más bien al contrario, la considero alegre y necesaria.

Agradezco pues ese momento, que esta vez no vino del siloísmo ni de la metafísica ni del hermetismo ni del budismo ni del vegetarianismo ni del yoga, sino de los amigos más parecidos a mí: mundanos, borrachines, a veces sin ni uno para pagar el arriendo, mis carnales, mis camaradas, mis cuates, algunos de los más antiguos, otros de los más nuevos. Esos, que sin pretensiones de perfección, me mostraron de un modo perfecto mis imperfecciones.

Salud!

lunes, 4 de agosto de 2014

El Realismo Cuático

Entonces me acordé del “realismo cuático” y toda esa patraña que se habían inventado Adrián y mi hermano para explicar lo que ellos vivían a diario y que querían plasmar en sus escritos, o bien para sentirse que estaban creando una nueva corriente literaria, como todos los poetas y escritores (y en general todos los artistas) que comienzan a crear y no les gusta nada de lo que ya existe (aunque sin eso que ya existe no habrían llegado a la escritura) y quieren desmarcarse de todo lo conocido creando una corriente literaria que se base en valores que no son los de la mayoría y que terminan siendo un simple valorar los antivalores que tienen los que ellos llaman tradicionales, repitiendo frases clichés de lo que es “ir contra la corriente”.

Y así mi hermano, que escribió poesía de modo atropellado, sin estudiar, sin formarse, casi sin leer a otros poetas, queriendo romper con todo el “deber ser” que impone cualquier oficio, desordenadamente, chistosamente, absurdamente, pero tan coherentemente como cualquiera, porque escribía lo que vivía cada minuto que permaneció embutido en el cuerpo que le fue asignado para ejercer su función de humano en la tierra, decidió que su estilo era el “realismo cuático”, creyendo que ciertas cosas que le sucedían a él o a quienes lo rodeaban eran siempre extrañísimas, olvidando que les suceden a todo el mundo, sólo que algunos no lo consideran extraño, o simplemente no se dan cuenta, y que por lo tanto de cuático su realismo no tenía nada, olvidando incluso que aunque todos experimenten esas cosas muchos se empeñan en negarlo argumentando no creerlo, llegando incluso a anular su percepción o por lo menos ignorarla, porque las posicionan en el ámbito de lo paranormal, de lo sobrenatural, de lo místico, de lo metafísico, pero que aun no creyendo, diciendo no creer, engullen literatura donde los personajes más comunes tienen pálpitos, o donde en ese momento exacto supieron que, o donde tuvieron la certeza de que algo iba a pasar, o mejor aún, donde describen lo que vieron con toda una serie de metáforas loquísimas que rayan en lo sicodélico, sin que por ello haya cuestionamiento de ningún tipo sobre la credibilidad de esos relatos, justificándolo con que es ficción, licencias literarias que los autores tienen todo el derecho de utilizar, licencias que excluyen de plano lo de escribir sin formarse mínimamente en el oficio, licencias que excluyen de plano la posibilidad de que lo descrito no sea ficción sino experiencia pura, que es lo que ellos tanto defienden al punto de que no importa si lo que se describe es el vómito o la masturbación, la adicción al krac, la indigestión post prietas con puré, pero sí es cuestionable que se afirme como experiencia el saber abrupto, la comprensión espontánea, la alegría sin motivo, la comunión total, el disparo luminoso de una hembra celosa contra la mujer que amas y que tú viste entrar en su carne hasta hacerla caer en el hospital, sin poder decirle nada a los médicos que no saben qué hacer, igual que tú que lo único que sabes es que no encontrarán nada en su cuerpo, que lo que la está matando no es físico, que tendrás que pedir ayuda en otro lugar lejos del hospital, a Ella, la mujer que enterrará su puñal de fuego en tu doble para sacar el maleficio de esa hembra celosa que desde su cubil opera a través de ti usándote como instrumento, mientras tu hermana menor entra y se mira en el túnel espejado de un viejo con voz de tigre que le ordena pases mágicos para ayudarte en la empresa de salvar a tu amada.

Nada de eso podrás afirmar haberlo vivido, nada de eso podrás escribirlo sin la chapa del “realismo cuático” que no es cuático en absoluto excepto si no crees que sea posible, y un gran porcentaje de humanos no lo cree, aunque el hecho de que tú estés en el porcentaje que dice que sí frenéticamente y trata de relatarlo, no te hace diferente como crees, sino que a lo más, literariamente, serás considerado una mala copia de Carlos “el Chanta” Castaneda, porque eso son los que hablan de estas cosas como reales y no como la ficción lícita a la que dan derecho las licencias literarias y por lo tanto el “realismo cuático” no será más que eso, una chapa con la que ocultar lo que de verdad sucede a cada instante, un disfraz de “corriente literaria” para hacer parecer lo que la Vida muestra constantemente un cuento de ficción.

martes, 3 de junio de 2014

Mantis

Descubrirte atrapada nuevamente, pero ahora ya sabes y sientes terror. La trampa de siempre, el mismo veneno, la misma alucinación bellísima. Aún no sale el sol y ya estás despierta, mirando dos ojos chinescos que duermen, apretando contra ti esa turgencia despiadada, explorando una piel de suavidad estremecedora, sabiendo a dónde te llevará todo eso cuando pase el efecto de la droga.

¡Maldito signo que te lleva del sexo a la muerte! ¡Maldita afición de coleccionista, maldita sed disfrazada de amor y jamás saciada! ¿Cómo no repetir siempre los mismos artilugios? ¿Cómo no caer una y otra vez en los resabidos recursos? Si siempre es igual, si nada cambia excepto la carnada, para que ilusamente la vuelvas a morder y aun sabiendo que el veneno te recorre de nuevo, te vuelvas a dejar atrapar.

No sigas, te dices cada día. Tu desobediencia te descalabra meticulosamente, hebra por hebra va ganando terreno hasta tenerte cabalgando exhausta de entrega, alucinada, borracha, incapaz de resistirte a los encantos de tu más codiciada pócima. 

¿Y si esta vez es distinto? palpita desbocado tu pecho, ansiando permanecer en el embrujo para siempre, arrastrándote enceguecida por el querer creer. Pero lo sabes bien : luego vendrá el dolor, las heridas antiguas abriéndose al más mínimo tacto, las nuevas rasgándose en estrenado daño, tus células alzándose expertas en estrategia de defensa. 

Tu maestría se pondrá a prueba de nuevo : ¿Cuántos zarpazos harán falta esta vez? ¿Cuánta crueldad será necesaria? Seguramente te esforzarás mucho menos, cada vez resulta más aburrido desarmar el corazón de un hombre. El tuyo sumará varios jirones más, pero ya estarás acostumbrada a contarlos en calma cuando todo termine.

sábado, 26 de abril de 2014

Un día frío...

Dejó la decisión en mis manos, consciente de que para mí era difícil tomar una, a pesar de saber que no habían opciones mejores.

Se limitó a ir alejándose en el asiento, callando de a poco, adoptando la seriedad adusta de cuando lo conocí, mirándome desde esas líneas chinescas que me fascinaban hasta el escalofrío.

La situación se volvió tan incómoda como la ruptura de un amor grande, aunque los dos sabíamos que no se trataba de eso en nuestro caso. Fue lamentable caminar juntos en la garúa, bajar al metro y meternos a un vagón bastante lleno sin tocarlo, sin apretarlo contra mí o rozarlo levemente buscando la firmeza de su cuerpo, mirar su cuello robusto en el que ya no podría dejar más que un beso de despedida, y de tanto en tanto encontrar la línea chinesca mirándome fijamente, metiéndose por mis ojos sólo para hacerme temblar de nerviosismo y calentura, de querer mandar todo a la mierda y chupársela de nuevo hasta oírlo decir “carajo…” entre dientes y gemidos.

¡Que ganas de haberme atrevido a decir que podía enseñarle a ser más cauto! A conocer mi sexo con los dedos antes de tratar de enchufármela como si fuera una muñeca inflable, a quedarse dentro sin moverse para sentirme nítida alrededor suyo, a lamerme más suavemente buscando ese sabor que de seguro se perdió por atolondrado, por pendejo, por creer todavía que ser macho es ser bruto.

Pero no me atreví. Porque asumir que eso se sabe mejor que muchos es ser creída. Porque se supone que esas cosas no se enseñan. Por temor a que ni siquiera explicando paso a paso cómo se debe tocar y esperar hubiese logrado algo. Por temor a que me dijese que sí y hubiésemos empezado un vínculo que yo ya sé cómo terminaría.

Me deseó que tuviera un buen día y se bajó del tren. Lo único que pude hacer fue agarrar a patadas la goma ondulada que une un vagón con otro. No me permití llorar, porque eso es para cuando se ama o se pierde algo importante.

martes, 25 de febrero de 2014

Huida

Huí.
De los golpes metálicos en su cabeza
de los zapatazos por toda la casa
de las mujeres cada noche distintas
en la pieza de al lado
de mis manos sobre el piano
de los hilos sobre mis manos.

Huí del colegio
de la ciudad
de mi casa.

Huí.
Corrí a esconderme del fantasma mas hermoso
cerca del mar
en una catacumba
bajo el Arco del Triunfo
en los rincones de oscuras callecitas góticas.


Huí de las órdenes y los disparates
del misticismo
de la alegría
del amor directo como lanza
de las convenciones
del color.

Y allí a donde fui
estaban los golpes metálicos
los zapatazos
las mil mujeres
el fantasma bellísimo.

Huí entonces de nuevo.
Abandoné el puerto
la catacumba
el Arco
el Triunfo
las callecitas góticas
la ciudad.

Huí de la casa
los amigos
los ruidos
los juicios (hacia mí)
las órdenes
los disparates
las convenciones.

Y allí, en la oscuridad y el silencio
oí el metal
los zapatos
las mujeres
el fantasma.

"¿A dónde ir?"
le pregunté al espectro
que me sonríe pacífico
y mientras espero
silenciosa
atentamente
su respuesta
los golpes metálicos y los zapatazos
la mujeres de al lado
las órdenes
y los juicios
se van esfumando.